Karla Salomón


Las fascinantes mujeres y seres elementales de Karla Salomón son una suerte de creaturas mitológicas que salen de misteriosos capullos, en los que permanecen un tiempo en plena introspección, de igual manera, brotan de la tierra para volar con sus cabellos y transformarse en metáforas aladas, a la vez que se les ve andando como delicados reptiles por los estanques, pues tienen cuerpos ligeros, como el agua, y sin temor a equivocarse provienen de ella, de sus húmedas aletas y escamas en movimiento. Precisamente, son los peces quienes los acompañan y guían hasta lo más recóndito de las corrientes del inconsciente. En ese sentido, la autora además de evocar a las antiguas féminas acuáticas, también nos recuerda a los niños y hombres que conforman el universo de las bellas ninfas y sirenas.

Si bien, la hermosura de estos protagonistas reside en su simpleza figurativa, en la paz azul en la que se encuentran inmersos, en la liviandad de sus vestimentas, en la brisa que los rodea, en sus peinados de llamaradas ardientes y torbellinos de viento, en sus distintas personalidades que mantienen la calma, no obstante, guardan un espíritu salvaje, en sus rostros en las nubes y en sus pies en el suelo. Llaman la atención sus siluetas esbeltas e iluminadas, a veces aladas como sobrias libélulas, que dejan estelas infinitas por el cielo de la noche o por el profundo océano. Es evidente que se dirigen rumbo a lo desconocido de la consciencia atesorando sus secretos en pequeñas cajas custodiadas por la luna y las estrellas.

Sus semblantes surgen del manto estelar y se distinguen por ser dramáticos, melancólicos, angulosos y en ocasiones felinos. Sin duda, nos remontan a lo ancestral, tribal y totémico, ya que sus finas miradas nos observan detenidamente, sus cabelleras cantan al vuelo de las mariposas, mientras que ellos se erigen como dioses del aire y del fuego, se yerguen como elegantes piezas de un inmenso tablero, tal cual estilizadas esculturas, se desplazan por cada rincón del cosmos, atraviesan las olas del mar, se presentan como entidades del imaginario simbólico, al mismo tiempo que habitan escenarios teatrales, con carpas, telas y telones, inspirados en las obras de Remedios Varo, Leonora Carrington, Rafael Coronel y algunos de los primeros exponentes de la Escuela Mexicana de Pintura.

Por lo tanto, la artista destaca la soledad gozosa, el recogimiento silencioso del ser femenino, masculino e infantil, así como su entrañable relación con la naturaleza, su comunión con lo natural, ya sea por medio de un pequeño ser vivo o de un gigantesco ecosistema. Asimismo, pone de manifiesto la interpretación animal en torno a lo humano, lo simbolista, lo arquetípico y lo personal. En definitiva, su arte es surreal, en toda la extensión de la palabra, debido a sus sutiles símbolos, significados ocultos, referentes mágicos, imágenes esotéricas, realidades que no se ven, pero sí se perciben, lo trascendental de la vida, la capacidad de asombro, lo inexplicable de la existencia y, especialmente, lo espiritual de sus personajes.

Adriana Cantoral