Quintín Valdés López. El artista como productor.

Según Sigmund Freud la producción artística es una especie de camino que va desde la fantasía del creador hasta la realidad materializada. En sus “Lecciones preliminares sobre psicoanálisis" define al productor artístico como un ser introvertido y con rasgos de neurosis. Señala que éste posee necesidades creativas no satisfechas y por ello se aparta de lo cotidiano para volcar su libido (fuerza creativa en este caso) en obras de arte. Más adelante afirma que un productor artístico genuino convierte sus sueños y deseos en algo deleitable para los demás. Nos abre de par en par las puertas inconscientes del placer estético y de la admiración hacia su trabajo.
De tal manera, Quintín Valdés se inserta en esa condición psicoanalítica del arte, puesto que disfruta de la tranquilidad productiva que le brinda su taller-estudio, así como de la concentración para crear diversas piezas; desde “nudos sicalípticos" (pequeñas esculturas modeladas en tono sensual), pasando por imponentes paisajes, retratos fieles y hasta llegar a bien logrados desnudos. La parte neurótica freudiana quedaría descartada, ya que el maestro concibe al Arte como una disciplina digna de gozarse al igual que la convivencia con sus seres queridos o su afición por el ajedrez y la mesa de carambola.
Con todo, para el psicoanálisis, el concepto de arte es paradójico porque por un lado acerca al hombre consigo mismo y por otro lo aleja de sí propio. En otras palabras, el arte es una actividad humana que extrae la expresión más intensa de la persona en forma de un simbolismo subjetivo. En esa tesitura, Quintín considera que gracias a su corporeidad puede materializar lo más íntimo y sublime de su alma. Para ilustrar lo anterior Humberto Piñera Llera apunta que el espíritu reinterpreta a la materia con un significado distinto del que ella tiene, por ejemplo, cambiar la gama cromática en un lienzo…para lograrlo necesita partir de la materia como principio y después confrontarla para obtener un producto artístico.
Tal lucha entre lo espiritual y lo material genera una ansiedad creativa en cualquier productor artístico. Ese apetito de desprenderse de lo material queda manifiesto en las piezas de Quintín; en sus azules celestes y amarillos limón de los valles del Estado de México, en sus paisajes distendidos, en sus trazos panorámicos, en las enseñanzas de Nishisawa, Aceves Navarro y tantos más, en sus conocimientos sobre las altas montañas del centro del país, en sus murales a veces con temáticas crudas como la injusticia y la violación de los derechos humanos y otras veces alegres aludiendo a la equidad de género, en sus cuerpos femeninos explorados por sus manos y en sus múltiples materiales y técnicas para pintar.
Respecto de los desnudos femeninos de nuestro autor, cabe destacar que no son de orden erótico, sino más bien, un análisis intelectual de la figura humana por medio de la modelo en cuestión. Quintín interpreta las poses de la mujer como un desafío para descubrir y plasmar el dinamismo de la naturaleza corpórea. El hecho de estar observando detenidamente la pureza de la piel despierta en él una serie de sensibilidades inquisitivas que lo obligan a resolver problemas pictóricos tales como la luz y el color. Para el creador, el desnudo femenino es un tema en sí, un ejercicio de reflexión y repetición para dominar el dibujo. Labor que ha sido constante a lo largo de su trayectoria como productor artístico.
Captar lo esencial del desnudo, como lo hace Quintín, requiere de conectarse con un principio absoluto de la realidad, puesto que el cuerpo no puede reducirse a nada ni a sus partes, después de él no hay más, más que lo inmaterial, aunque se le represente de modo abstracto o por separado. Si bien, hay una misteriosa perfección en él que inspira a infinitos trazos y a ilimitadas interpretaciones. Por otro lado, el maestro se deslinda de algunas de las acepciones más comunes que han rodeado a la figura humana durante la historia del arte; una de ellas es la que define al cuerpo como un ideal de proporciones y la segunda como un paradigma de belleza.
Por lo tanto, la mirada de Quintín inspecciona atentamente cada músculo, hueso, pliegue y postura de la figura humana. Él parece retratar el desnudo femenino como un valor universal y eterno. Con un carácter profundo que llega hasta la intimidad del ser.
Adriana Cantoral
http://www.quintin.org.mx