Rothman

Los trazos exaltados de Rothman retratan rostros que guardan múltiples existencias alteradas, es decir, la mayoría de sus personajes experimentan, a flor de piel y con vehemencia, ansiedad, angustia, furia o súbita curiosidad. El pintor no duda ni se detiene a la hora de plasmar esas sensaciones abruptas sobre la tela. Se alcanza a oír en el silencio la fuerza de sus pinceladas, en escalas graves y agudas, así como su desahogo emocional en distintas tonalidades. Por eso, su expresionismo nos manifiesta diversas caras de una misma persona. Todas ellas detrás de una faceta en apariencia inmóvil, pero en realidad colmada de movimientos internos que llegan a trastornar su exterior.
Hay una vastísima psique en sus lienzos; una exacerbada capacidad de autoconocimiento, una brutalidad de sentimientos, un colapso del ser, temperamentos agitados y acelerados, al igual que un cúmulo de personalidades desarmadas y reintegradas en la composición. Nada se atenúa, todo se acentúa en las obras del artista. Saltan a la vista la crudeza y tosquedad de los rasgos faciales, tales como ojos, narices y bocas que, aunque con los años se han hecho más redondeados y han evolucionado estéticamente, no pierden su esencia ruda y frontal, ya que en la mayoría de sus cuadros éstos apuntan directo hacia el observador. Quizás para intimidarlo, descubrirlo con perplejidad o tal vez para demostrarle empatía en relación a esos estados de ánimo que no se pueden ocultar y que terminan surgiendo de cualquier manera.
Asimismo, además del peso de las emociones en sus creaciones, también destaca la mirada del otro y la propia. Inclusive, en trabajos más recientes, pinta solamente ojos en diferentes posturas y ángulos y, por su puesto, conserva sus características gestualidades y exageraciones fisonómicas. Para Rothman el ver y el ser visto es lo que puede salvarnos del caos anímico que atravesamos, de alguna u otra forma, los seres humanos. De ese modo, a veces describe a la soledad de la mirada en sus obras, sin embargo en varias ocasiones va acompañada de tantas otras más. Es un juego de mirar y de mirarse; una dialéctica que hace explícita la esencia de las personas.
Por lo tanto, la propuesta del autor retoma algunos de los postulados de Carl Jung acerca de los contenidos del inconsciente colectivo. Se trata de aquellos arquetipos con los que nacemos y que poseen cualidades puras e intactas, a la vez que nos conectan con los principios de la vida por medio de procesos primarios como los apetitos y las pasiones. Todo lo anterior resuena potentemente por entre sus figuras, colores y pinceladas. Sin duda, Rothman nos induce a los albores de la consciencia, a esos lugares en donde la inconsciencia se retuerce, se estruja, se contorsiona, se asombra, no obstante, se mueve y gracias a eso sale a la luz para observarnos y ser observada.
Adriana Cantoral