Tiz Henríquez

Tiz Henríquez
La manera en la que Tiz Henríquez elabora las superficies, repliegues, arrugas y surcos de sus obras se relaciona íntimamente con su particular forma de observar la realidad. La artista ve en la naturaleza ciertos designios místicos que también se manifiestan en los humanos, por eso retrata la bravura taurina, contrastando el negro con el dorado, con fuertes texturas de diferentes tipos y consistencias, así como una mezcla de figurativo, expresionismo y abstracto. Lo mismo con el rinoceronte que, al igual que el toro, guarda una fiereza tal que solo puede ser expresada con un dinamismo ocre alrededor suyo. Por su parte el caballo, con su agilidad y arrebato, está plasmado de espaldas porque representa la valentía y el coraje para seguir adelante en la vida. Por último, sus seres marinos se disponen en las profundidades verdes y azules emitiendo paz y tranquilidad, están conformados por relieves húmedos que inundan el océano de calma. Sin duda, en sus lienzos los animales encarnan diversos aspectos de la espiritualidad humana, tanto fortalezas como flaquezas, volviéndose así señales divinas vivas, dualidades existenciales, maestros eternos, a la vez que objetos estéticos dignos de pintarse sobre la tela.
Su arte es táctil. Desde las pequeñas marcas con la pintura, las líneas que recorren y repasan la pieza, hasta las composiciones finales. Aquellas nos invitan a rozar, a palpar el cuadro. Pero, curiosamente no hay contacto visual con sus personajes, ya que las miradas de éstos se hallan omitidas, borradas o cubiertas parcial o totalmente. Sin embargo, en algunas de sus creaciones vemos asomarse un ojo que nos mira fijamente y después desaparece entre el colorido y las numerosas capas de volumen. Al parecer la autora pretende que veamos con lo más escondido del alma, que miremos con nuestra sensibilidad oculta y que observemos con la intuición dejando de lado juicios racionales y superficiales. La creadora nos quita un pesado velo simbólico del rostro, el cual nos impide ver más allá y llegar al fondo de las emociones, los sentimientos y las vivencias. Por lo tanto, en medio del caos de tonos oscuros y sepias, enérgicas pinceladas, vivaces brochazos, evidentes rastros de espátulas y variados elementos textiles se asoman vistazos de seres que nos ven detenidamente y de inmediato se adentran en las entrañas de la materia pictórica desordenada. Porque no hay sentido más fiel a la verdadera esencia de la persona, más revelador de su espíritu y más trascendente que el de la vista y de ese modo, Tiz Henríquez pinta con la pureza de sus ojos.
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Adriana Cantoral